Resistencia de lo instituido: ser, no ser, poder ser y poder.
El mundo, entonces, es conocido a través de los ojos del varón, del Hombre que no es más que un hombre, el único. Las mujeres quedan invisibilizadas en esta gran masa amorfa del aquello que no es. Estas cuestiones han traído muchas consecuencias en las ciencias. Los estudios de la mujer conllevaron la apertura de la visibilidad en lo que a las mujeres en el campo científico se refiere. Es por ello que Bonder plantea que dichos estudios constituyen una suerte de vigilancia epistemológica. Las mujeres, anteriormente, eran vistas como objetos de estudio, desde el punto de vista masculino, y nunca como productoras de conocimiento. Hizo falta una gran batalla para que pudiesen ser consideradas como potenciales productoras en el campo de las ciencias, y aún hoy en día, siguen manteniéndose cuestiones que no pueden ser vistas más que desde la práctica expresa de diferenciación, y la subordinación concomitante. Títulos como “grandes mujeres de la historia” no hacen más que agrupar personas importantes en base a su género, mientras que los varones se encuentran agrupados por sus disciplinas, épocas, logros. Así es que un varón es ante todo un abogado, un ingeniero, un científico, mientras que una mujer es ante todo eso mismo: mujer. Bonder plantea al respecto que, en los discursos científicos “la mujer está omitida, distorsionada, silenciada, se le atribuyen cualidades y funciones desde el comportamiento masculino, es el doble desjerarquizado del hombre”.
Entre tanto, operan los mitos, que sostienen esa opresión mediante el uso de herramientas simbólicas, produciendo subjetividades que a su vez sostienen la relación asimétrica. El mito de la mujer-madre, o el del eterno femenino, son sólo partes de esta lógica de lo uno, generada desde el andro o falocentrismo. Sin embargo, la contrapartida se encuentra en que estos mitos, contribuyen a pensar que la mujer es así, es mujer, nace mujer, mientras que el hombre, para ser hombre, según Marqués, debe hacerse hombre. Este autor plantea, entonces, al varón, como una construcción social que tiene la consecuencia de homogeneizar al colectivo masculino, a la vez que diferencian al colectivo completo de lo femenino. Es este, entonces, un organizador de las significaciones, dentro de la lógica del sistema patriarcal, dejando de lado el hecho de que no necesariamente todos los varones son iguales, ni poseen tan tajante diferenciación con las mujeres. No obstante, para la sociedad patriarcal, ser varón es importante, según lo plantea el autor antes citado. Esto conlleva dos posiciones enfrentadas, ya que por un lado el varón no necesita más que haber nacido para ser importante, puesto que ha nacido en el seno del colectivo hegemónico, de suerte que la importancia le deviene inmanente, y adhiere entonces al colectivo de su pertenencia; y por otro, el hecho de que debe hacerse importante, para ser varón, es decir, lograr trascender ese ente del colectivo, ser el mejor, el más fuerte o exitoso, o dentro de la sociedad capitalista, el más adinerado. La imposición, entonces, de este deber-ser importante, genera toda suerte de angustias, ya que los modelos-imagen a seguir, usualmente no son fácilmente alcanzables. Sin embargo, esto queda invisibilizado por lo que Marqués llama el Carácter holgado del modelo, concepto mediante el cual el autor pretende explicar que las formas de ser varón son múltiples, conllevando así justificaciones variables que legitiman su masculinidad a la vez que la constituyen en el proceso de socialización.
Pero olvida el varón que la importancia de serlo no se da más que por oposición a la no importancia de ser mujer, a la desvalorización del género femenino, desde el punto de vista jerárquico. Esta discriminación en la que se incurre, “como toda discriminación, se fundamenta en la dinámica del poder y es atravesada por él en todas sus dimensiones”, según Fernández. En las diferencias de género, están en juego determinados imaginarios sociales que instituyen a la sociedad, que sostienen y legitiman estas dinámicas de poder, tanto desde el discurso como desde las prácticas, en tanto universos de significación que mantienen la cohesión de la sociedad en su conjunto, invisibilizando aquellos instituidos que se mantienen naturalizados. Esta institución de la sociedad es inseparable de las dinámicas de poder, y a su vez produce subjetividades que sostienen dicho poder mediante los imaginarios sociales instituidos, anudando así los deseos colectivos al poder, en el juego de atravesamientos y multideterminaciones políticas, económicas, etc, y garantizando así la continuidad del poder. Desde este poder, existen los mitos, significaciones cristalizadas que producen disciplinamiento de los cuerpos, de la sociedad en su conjunto. Dentro de estos mitos se encuentran el de la pasividad femenina, el amor romántico y la mujer-madre, tres instituidos que se hallan muy presentes en la sociedad actual, y que sirven de sustento para la reproducción de las estrategias hegemonizantes del género masculino, constituyéndolo así, por su gran eficacia simbólica, como régimen de verdad, e invisibilizando de este modo lo diverso. Se incurre entonces en una violencia simbólica.
Así, la desigualación parece destinada a perpetuarse. Y es que los dispositivos de desigualación poseen una larga historia detrás, eterno pasado de discriminaciones, sinfín de tormentos, constantemente sostenido en los imaginarios sociales instituidos. Los discursos actuales de igualdad de género en nada quitan que se siga excluyendo a las mujeres de determinadas prácticas, que aún se intente relegar al género femenino al mundo privado. Si bien los cambios se van dando, no se puede deshacerse de una vez y para siempre, de los imaginarios sociales instituidos que dan cohesión a la sociedad en su conjunto, ya que las subjetividades se construyen en el proceso histórico-social, en un lento desarrollo de los imaginarios sociales que organizan la lógica del mundo.
Es claro que asistimos a lógicas de desigualación, que invisibilizan las multiplicidades por medio de dicotomías y antinomias. La diferencia existe, pero sólo en virtud de asimetrías, creando tensiones en las relaciones humanas que se sostienen a través del tiempo, sobre todo si de género hablamos. Las mujeres intentan velar su condición de mujeres subordinadas, ingresando y pujando cada vez con más fuerza en el mundo público. Quizás en los últimos años en nuestro país, un hecho muy movilizante para pensar la lucha por la igualdad de géneros, fue la elección de la actual presidenta. Las mujeres en la política tienen cada vez más lugar. No obstante, existen aún rasgos estigmatizantes, tales como la fijación de una cantidad de plazas que deben ser ocupadas por mujeres, tanto en cámara de diputados como de senadores. En este sentido, si bien desde el discurso se sostiene la igualdad, las prácticas están planteadas desde la diferencia. Es la igualdad desigualada de la subordinación de género, que se sostiene aún el momento actual, si bien los dispositivos de desigualación son cada vez más sutiles, y van perdiendo terreno en pos de la igualación que en algún momento, luego de continuadas luchas, sobrevendrá. El grado de sumisión se modifica. Nuevas formas de pensar la vida de las mujeres, desde lo económico, lo político, académico e incluso erótico, se van dando, aunque con dificultad. Lejos está la sociedad de deshacerse por completo de la lógica binaria, de la episteme de lo mismo. No obstante se gana terreno, y con él libertades. Los varones deben disculparse por ciertas bromas referidas al género femenino, cuando antes ni siquiera eran cuestionadas desde el género oprimido.
La voluntad de cambio existe. Asistimos a un conjunto de imaginarios sociales instituyentes respecto de las condiciones de género., y con esto se abren los interrogantes acerca del devenir de la sociedad en su conjunto. Las marcas, las cicatrices generalizadas, el estigma de no ser aquello que es lo uno, se hace sentir en la doble jornada de trabajo, en el trabajo invisible, del que las mujeres día a día son partícipes, transformándose en cómplices de la lógica patriarcal, de la supremacía.
M.L.



