Las perspectivas de la masculinidad y la femineidad en las sociedades, van sufriendo modificaciones a través del tiempo, que quedan invisibilizadas al cristalizarse las nuevas formas, y pasar a ser parte de los instituidos de la época. Alrededor de los tiempos, las feminidades y masculinidades constituyen las subjetividades propias de cada momento histórico-social, de cada clase, etnia, religión, culturas en general. Esto nos habla del hecho de que las subjetividades son construidas de manera sociohistórica.
La masculinidad y la feminidad difieren de las categorías de macho y hembra que brindan los caracteres biológicos. Si bien la biología determina el a-priori de la diferencia sexual, existen suertes de normativas culturales que determinan qué es ser un hombre, qué es ser una mujer, “con todas las letras”, en un momento histórico-social dado. El género, como parte de la subjetividad, es construcción cultural, y por ello, histórica y social.
Sin embargo, estas modificaciones no han salido jamás de los cánones de la cultura del Patriarcado, es decir, esta base cultural que jerarquiza al género masculino por sobre el femenino. Desde esta perspectiva se vislumbra no solamente la equiparación del género masculino al ser humano (la conocida ecuación Hombre = hombre), sino su contrapartida: el hecho de que la feminidad es vista como lo otro, lo ajeno, la alteridad, en una lógica binaria y falocentrista que no ve lo femenino más que desde la falta. Es decir, la mujer no es una categoría en sí misma, sino que es todo aquello que no es hombre, no advirtiendo así la diversidad sino por negación de lo establecido como jerárquico. Simone de Beauvoir comenta al respecto que “La humanidad es macho, y el hombre define a la mujer no en sí misma, sino en relación a él, no la considera como un ser autónomo”. Desde este dualismo, aquello que escapa de lo hegemónico, es visto cualitativamente como desvío, y este desvío como déficit. Y aquello deficitario, necesariamente debe ser subordinado a lo hegemónico. Es así que se conforman las relaciones entre los géneros, desde posiciones que distan mucho de la igualdad, e invisibilizan las prácticas que generan la construcción de la diferencia, ya que se incurre en una cosificación de las posiciones subjetivas de cada género, que deja en claro que aquello diferente, jamás será igual, no obstante la construcción socio-histórica de la que estos organizadores de sentido son consecuencia.
Historia de la feminidad... ¿o de la humanidad?
Historia de la feminidad... ¿o de la humanidad?
Es de este modo que las mujeres, a lo largo de la historia, intentan conquistar sus derechos, no como mujeres, sino como personas. ¿Y qué es la historia de la humanidad sino una constante conquista de derechos? Sin embargo, sólo va lográndose aquello que el género masculino decide ceder, mientras no se amenace su posición de dominación, su condición de virilidad. Es desde la masculinidad que se decide si las mujeres pueden trabajar, estudiar, votar. Las mujeres son vistas como aquello emocional, frágil, y relegado al mundo privado, mientras que los hombres son la fortaleza que ocupa el mundo público. A pesar de los discursos de reivindicación femenina de la época actual, esta característica de dominación desde el género masculino, en detrimento del género femenino, se sostiene, aunque de modo velado, desde las prácticas, incluso las más ingenuas. Un ejemplo claro de las estrategias de dominación que se ponen en juego en la cotidianeidad, lo pone de manifiesto Connel al comentar que “la intimidación hacia las mujeres se produce desde el silbido de admiración por la calle, al acoso en la oficina, a la violación y al ataque doméstico. […] En general sienten que están completamente justificados, que están ejerciendo un derecho. Se sienten autorizados por una ideología de supremacía”. Es así cómo la supremacía masculina tiende a la intimidación, desde las formas veladas hasta las más concretas, en su necesidad por legitimar dicha supremacía, de sostener la dominación desde las prácticas… prácticas de las que no tienen conciencia, ya que están naturalizadas, cristalizadas, forman parte de lo que es el ser hombre.
Sin embargo, la dominación no sólo existe hacia el género femenino, sino en el seno de las múltiples masculinidades existentes. El hombre hegemónico (blanco, heterosexual, occidental, laboralmente activo, etc) ocupa la escala más alta en la pirámide de masculinidades. Es así como el resto de las masculinidades que no encajan en el estatuto del hombre genérico, de aquel hombre cuya masculinidad es la legítima, pues todo varón debiera ser como él, tienen con este diferentes tipos de relaciones. Estas pueden ser de subordinación, en tanto el hombre hegemónico ejerce la dominación sobre otro tipo de masculinidades, como la homosexual, con la estigmatización concomitante de sus miembros, en tanto que discriminación en todo tipo de actividades sociales, llegando hasta las más viles puniciones por la orientación sexual de los pertenecientes, instituyéndose así como la masculinidad subordinada más evidente, según Connel; de complicidad, en tanto que existen formas alternativas de masculinidad hegemónica, que no respetan al ciento por ciento el conjunto de las características del varón hegemónico, pero sin embargo gozan del dividendo patriarcal por pertenecer a dicho colectivo, homogeneizándose con este; y de marginación, las cuales usualmente se dan a partir de ciertas características raciales. Estas masculinidades marginadas, sirven a su vez para sostener la identidad de la raza de la masculinidad hegemónica, en tanto esta se constituye por oposición al resto, siendo autorizada a su vez por ellos para ejercer la dominación. Al respecto, Simone de Beauvoir comenta que “La alteridad es una categoría fundamental del pensamiento humano. Ninguna colectividad se define jamás como Una sin colocar inmediatamente enfrente a la Otra ”. Nuevamente nos encontramos con este dualismo, con esta dicotomía de la lógica de lo uno, que pasa a ser lo único, mientras que el resto se constituye por no-ser-aquello que domina, sosteniendo así la identidad y la supremacía de lo uno.
M.L.

No hay comentarios:
Publicar un comentario