sábado, 23 de abril de 2011

Yo, tú, él... ¿Nosotros? (parte 2)

Resistencia de lo instituido: ser, no ser, poder ser y poder. 

El mundo, entonces, es conocido a través de los ojos del varón, del Hombre que no es más que un hombre, el único. Las mujeres quedan invisibilizadas en esta gran masa amorfa del aquello que no es. Estas cuestiones han traído muchas consecuencias en las ciencias. Los estudios de la mujer conllevaron la apertura de la visibilidad en lo que a las mujeres en el campo científico se refiere. Es por ello que Bonder plantea que dichos estudios constituyen una suerte de vigilancia epistemológica. Las mujeres, anteriormente, eran vistas como objetos de estudio, desde el punto de vista masculino, y nunca como productoras de conocimiento. Hizo falta una gran batalla para que pudiesen ser consideradas como potenciales productoras en el campo de las ciencias, y aún hoy en día, siguen manteniéndose cuestiones que no pueden ser vistas más que desde la práctica expresa de diferenciación, y la subordinación concomitante. Títulos como “grandes mujeres de la historia” no hacen más que agrupar personas importantes en base a su género, mientras que los varones se encuentran agrupados por sus disciplinas, épocas, logros. Así es que un varón es ante todo un abogado, un ingeniero, un científico, mientras que una mujer es ante todo eso mismo: mujer. Bonder plantea al respecto que, en los discursos científicos “la mujer está omitida, distorsionada, silenciada, se le atribuyen cualidades y funciones desde el comportamiento masculino, es el doble desjerarquizado del hombre”.

Entre tanto, operan los mitos, que sostienen esa opresión mediante el uso de herramientas simbólicas, produciendo subjetividades que a su vez sostienen la relación asimétrica. El mito de la mujer-madre, o el del eterno femenino, son sólo partes de esta lógica de lo uno, generada desde el andro o falocentrismo. Sin embargo, la contrapartida se encuentra en que estos mitos, contribuyen a pensar que la mujer es así, es mujer, nace mujer, mientras que el hombre, para ser hombre, según Marqués, debe hacerse hombre. Este autor plantea, entonces, al varón, como una construcción social que tiene la consecuencia de homogeneizar al colectivo masculino, a la vez que diferencian al colectivo completo de lo femenino. Es este, entonces, un organizador de las significaciones, dentro de la lógica del sistema patriarcal, dejando de lado el hecho de que no necesariamente todos los varones son iguales, ni poseen tan tajante diferenciación con las mujeres. No obstante, para la sociedad patriarcal, ser varón es importante, según lo plantea el autor antes citado. Esto conlleva dos posiciones enfrentadas, ya que por un lado el varón no necesita más que haber nacido para ser importante, puesto que ha nacido en el seno del colectivo hegemónico, de suerte que la importancia le deviene inmanente, y adhiere entonces al colectivo de su pertenencia; y por otro, el hecho de que debe hacerse importante, para ser varón, es decir, lograr trascender ese ente del colectivo, ser el mejor, el más fuerte o exitoso, o dentro de la sociedad capitalista, el más adinerado. La imposición, entonces, de este deber-ser importante, genera toda suerte de angustias, ya que los modelos-imagen a seguir, usualmente no son fácilmente alcanzables. Sin embargo, esto queda invisibilizado por lo que Marqués llama el Carácter holgado del modelo, concepto mediante el cual el autor pretende explicar que las formas de ser varón son múltiples, conllevando así justificaciones variables que legitiman su masculinidad a la vez que la constituyen en el proceso de socialización.

Pero olvida el varón que la importancia de serlo no se da más que por oposición a la no importancia de ser mujer, a la desvalorización del género femenino, desde el punto de vista jerárquico. Esta discriminación en la que se incurre, “como toda discriminación, se fundamenta en la dinámica del poder y es atravesada por él en todas sus dimensiones”, según Fernández. En las diferencias de género, están en juego determinados imaginarios sociales que instituyen a la sociedad, que sostienen y legitiman estas dinámicas de poder, tanto desde el discurso como desde las prácticas, en tanto universos de significación que mantienen la cohesión de la sociedad en su conjunto, invisibilizando aquellos instituidos que se mantienen naturalizados. Esta institución de la sociedad es inseparable de las dinámicas de poder, y a su vez produce subjetividades que sostienen dicho poder mediante los imaginarios sociales instituidos, anudando así los deseos colectivos al poder, en el juego de atravesamientos y multideterminaciones políticas, económicas, etc, y garantizando así la continuidad del poder. Desde este poder, existen los mitos, significaciones cristalizadas que producen disciplinamiento de los cuerpos, de la sociedad en su conjunto. Dentro de estos mitos se encuentran el de la pasividad femenina, el amor romántico y la mujer-madre, tres instituidos que se hallan muy presentes en la sociedad actual, y que sirven de sustento para la reproducción de las estrategias hegemonizantes del género masculino, constituyéndolo así, por su gran eficacia simbólica, como régimen de verdad, e invisibilizando de este modo lo diverso. Se incurre entonces en una violencia simbólica

Así, la desigualación parece destinada a perpetuarse. Y es que los dispositivos de desigualación poseen una larga historia detrás, eterno pasado de discriminaciones, sinfín de tormentos, constantemente sostenido en los imaginarios sociales instituidos. Los discursos actuales de igualdad de género en nada quitan que se siga excluyendo a las mujeres de determinadas prácticas, que aún se intente relegar al género femenino al mundo privado. Si bien los cambios se van dando, no se puede deshacerse de una vez y para siempre, de los imaginarios sociales instituidos que dan cohesión a la sociedad en su conjunto, ya que las subjetividades se construyen en el proceso histórico-social, en un lento desarrollo de los imaginarios sociales que organizan la lógica del mundo.


Hacia un radical en formación:

Es claro que asistimos a lógicas de desigualación, que invisibilizan las multiplicidades por medio de dicotomías y antinomias. La diferencia existe, pero sólo en virtud de asimetrías, creando tensiones en las relaciones humanas que se sostienen a través del tiempo, sobre todo si de género hablamos. Las mujeres intentan velar su condición de mujeres subordinadas, ingresando y pujando cada vez con más fuerza en el mundo público. Quizás en los últimos años en nuestro país, un hecho muy movilizante para pensar la lucha por la igualdad de géneros, fue la elección de la actual presidenta. Las mujeres en la política tienen cada vez más lugar. No obstante, existen aún rasgos estigmatizantes, tales como la fijación de una cantidad de plazas que deben ser ocupadas por mujeres, tanto en cámara de diputados como de senadores. En este sentido, si bien desde el discurso se sostiene la igualdad, las prácticas están planteadas desde la diferencia. Es la igualdad desigualada de la subordinación de género, que se sostiene aún el momento actual, si bien los dispositivos de desigualación son cada vez más sutiles, y van perdiendo terreno en pos de la igualación que en algún momento, luego de continuadas luchas, sobrevendrá. El grado de sumisión se modifica. Nuevas formas de pensar la vida de las mujeres, desde lo económico, lo político, académico e incluso erótico, se van dando, aunque con dificultad. Lejos está la sociedad de deshacerse por completo de la lógica binaria, de la episteme de lo mismo. No obstante se gana terreno, y con él libertades. Los varones deben disculparse por ciertas bromas referidas al género femenino, cuando antes ni siquiera eran cuestionadas desde el género oprimido.

La voluntad de cambio existe. Asistimos a un conjunto de imaginarios sociales instituyentes respecto de las condiciones de género., y con esto se abren los interrogantes acerca del devenir de la sociedad en su conjunto. Las marcas, las cicatrices generalizadas, el estigma de no ser aquello que es lo uno, se hace sentir en la doble jornada de trabajo, en el trabajo invisible, del que las mujeres día a día son partícipes, transformándose en cómplices de la lógica patriarcal, de la supremacía.

Resta preguntarse entonces si al dar visibilidad a estas cuestiones, se es un agente de cambio, o simplemente se encarna uno de los múltiples engranajes que sostienen la máquina, que dan perpetuidad al instituido. En lo particular, creo que ambas, ya que nacemos en una máquina funcionando, ya nos vienen dados ciertos modos de organización del mundo, que aprendemos en el proceso de socialización. Sin embargo deconstruir estas prácticas naturalizadas nos permite actuar, desde los múltiples atravesamientos que nuestro ser conlleva, para instituir nuevas prácticas y discursos que sugieran la ruptura de esta lógica de lo uno, de lo único, esta binariedad de la desigualación en tanto organiza a los actores sociales, categoriza deviniendo inmanencia. Queda entonces también cuestionarme yo misma ¿por qué hablar en tercera persona cuando hablo de mujeres? Retomando un momento el tema de las mujeres en la ciencia, en la producción de conocimiento, me pregunto en qué medida estoy atravesada por la lógica del patriarcado, cuánto se juega de esas determinaciones en mi ser, si no puedo tomarme como productora de un escrito desde la lógica de mi própio género…


M.L.

jueves, 14 de abril de 2011

Villa 31: medio medio

Hace una semana ocurrió un hecho gravísimo en la Villa 31: Un vecino del lugar sufrió un ataque de epilepsia. “Un ataque de epilepsia lo tiene cualquiera… ¿qué lo hace gravísimo?” cuestiona el sensacionalista. Pues tal parece que el sensacionalista también peca de impaciente, dado no he terminado con el relato del hecho. Los vecinos del lugar procedieron a llamar a una ambulancia del SAME para que atendiera al hombre afectado. La ambulancia se negó a entrar a la villa. Resultado: el hombre murió. ¿Conforme, mi querido sensacionalista?
            Los vecinos del lugar relatan cómo pidieron a la médica encargada que se acercara al sitio donde se hallaba el hombre en cuestión. Ante la negativa, decidieron trasladar al hombre a donde se situaba la ambulancia, a menos de media cuadra, encontrándose, para su sorpresa, con que la misma se había retirado. Resultado: esta persona falleció. Fantástico. Repasemos: ataque de epilepsia – llamado al SAME – negativa de entrada al lugar – muerte del hombre. ¿Estamos?
            ¿Qué pasó acá? Hubo un hecho inevitable: el problema de salud del afectado. Sin embargo su muerte habría sido evitada, de no ser por la discriminación por parte de la médica, quien se negó a ingresar a la villa. Y hasta aquí la tragedia. Siguieron a ella los cortes de calles a modo de protesta por parte de los vecinos. Eso lo vimos todos, esos cortes que ocasionaron un “caos” de circulación en la zona. Al menos así lo definieron determinados medios que se encargaron de cubrir, durante gran parte del día en que sucedieron los hechos, el CAOS. Si, el caos, ese bendito caos que mezclaron con la noticia del día anterior, en la que se dio a conocer el retiro de la Policía Federal de las escuelas y hospitales.
¿Piquetes? Si, hubo varios, pero del muerto nadie se acordó. Parecía ser que el reclamo de los vecinos de la 31 que cortaron la Illia por algunas horas había sido un pedido “de seguridad”, según TN. Por su parte, la tapa de Clarín anunciaba cortes, piquetes y un paro médico en algunos hospitales. Nuevamente el caos… y del muerto nadie se acordó. Parecía también que la ambulancia se había negado a ingresar, precisamente por la falta de custodia policial. No obstante, tanto Nilda Garré como Juan Romero, un vecino del lugar, desmintieron esta versión, destacando que la policía estaba “en tiempo y forma, para acompañar” (J. Romero).

            Recuerdo a mi vieja diciéndome, esa noche, mientras mirábamos 678, “si, si no lo ves acá, no te enterás. Nadie dijo nada del muerto. Se dedicaron a cubrir los cortes”. Y es eso lo que se ve, el caos, aquello que nos afecta a más personas, porque claro, los discriminados no somos “la gente”, entonces ¿Qué importa? No fuimos el epiléptico, el muerto, no fuimos la médica, ni manejábamos la ambulancia. No vivimos en la villa 31 “la gente”, pero sí que puteamos porque nos cortaron el acceso norte… “la gente”. Pregunto yo ¿Realmente somos ESO? ¿Es ESA la gente que somos, o esa es la gente a la que se dirige este tipo de prensa?
            Las coberturas de los hechos de ese día me parecieron una vergüenza, tanto como las de los días subsiguientes. No tanto por el sensacionalismo alevosamente tendencioso, como por aquello que se ocuparon de ocultar, que forma parte de lo que nos hace ser, en tanto argentinos, en tanto que informados. ¿Discriminación? ¿Cómo creés? Llego tarde al laburo, porque está “el transito totalmente paralizado” (L. Otero), y acá no hay nada más que hablar.
“Crónica de un automovilista preso en una cola interminable” versaba Clarín en su tapa. Es así como se omiten otras cuestiones de fondo, y allá uno a sobrevivir a la vera de la información. ¿De un lado? ¿Del otro? Y en todo caso ¿realmente elegimos el lado del que estamos, o creemos que elegimos? Y yendo más al núcleo todavía… ¿desde cuándo es necesario estar de un lado o del otro? Parece que se ha vuelto una adicción esto de tomar partido por alguien, esto de sentirse único y ver en el rostro del otro al enemigo. Esto de tachar de impío fascismo aquello que no compartimos. Eso de posicionarnos y de abstraernos, de despersonalizarnos, olvidándonos de lo que realmente importa en este caso, pero que no se nombró: el muerto. Ese hombre, esa persona… si, PERSONA, como vos, como yo, que falleció porque la ambulancia no se dignó a entrar. Como vos y como yo. Decime una cosa: si tu vieja hubiese sido la muerta por abandono de persona… ¿No hubieses cortado la illia? Pensalo bien, y decime ahora cuánto podés putear porque te quedaste media mísera hora en acceso norte… y mantener la conciencia limpia. No hagamos la parte por el todo en la sinécdoque mediática. El medio es medio, y nada más, pero el muerto fue UNO ENTERO…


M.L.

Yo, tú, él... ¿Nosotros? (parte 1)

Cuando el no-todo es la nada

           Las perspectivas de la masculinidad y la femineidad en las sociedades, van sufriendo modificaciones a través del tiempo, que quedan invisibilizadas al cristalizarse las nuevas formas, y pasar a ser parte de los instituidos de la época. Alrededor de los tiempos, las feminidades y masculinidades constituyen las subjetividades propias de cada momento histórico-social, de cada clase, etnia, religión, culturas en general. Esto nos habla del hecho de que las subjetividades son construidas de manera sociohistórica.

La masculinidad y la feminidad difieren de las categorías de macho y hembra que brindan los caracteres biológicos. Si bien la biología determina el a-priori de la diferencia sexual, existen suertes de normativas culturales que determinan qué es ser un hombre, qué es ser una mujer, “con todas las letras”, en un momento histórico-social dado. El género, como parte de la subjetividad, es construcción cultural, y por ello, histórica y social.

Sin embargo, estas modificaciones no han salido jamás de los cánones de la cultura del Patriarcado, es decir, esta base cultural que jerarquiza al género masculino por sobre el femenino. Desde esta perspectiva se vislumbra no solamente la equiparación del género masculino al ser humano (la conocida ecuación Hombre = hombre), sino su contrapartida: el hecho de que la feminidad es vista como lo otro, lo ajeno, la alteridad, en una lógica binaria y falocentrista que no ve lo femenino más que desde la falta. Es decir, la mujer no es una categoría en sí misma, sino que es todo aquello que no es hombre, no advirtiendo así la diversidad sino por negación de lo establecido como jerárquico. Simone de Beauvoir comenta al respecto que “La humanidad es macho, y el hombre define a la mujer no en sí misma, sino en relación a él, no la considera como un ser autónomo”. Desde este dualismo, aquello que escapa de lo hegemónico, es visto cualitativamente como desvío, y este desvío como déficit. Y aquello deficitario, necesariamente debe ser subordinado a lo hegemónico. Es así que se conforman las relaciones entre los géneros, desde posiciones que distan mucho de la igualdad, e invisibilizan las prácticas que generan la construcción de la diferencia, ya que se incurre en una cosificación de las posiciones subjetivas de cada género, que deja en claro que aquello diferente, jamás será igual, no obstante la construcción socio-histórica de la que estos organizadores de sentido son consecuencia.


Historia de la feminidad... ¿o de la humanidad?

Es de este modo que las mujeres, a lo largo de la historia, intentan conquistar sus derechos, no como mujeres, sino como personas. ¿Y qué es la historia de la humanidad sino una constante conquista de derechos? Sin embargo, sólo va lográndose aquello que el género masculino decide ceder, mientras no se amenace su posición de dominación, su condición de virilidad. Es desde la masculinidad que se decide si las mujeres pueden trabajar, estudiar, votar. Las mujeres son vistas como aquello emocional, frágil, y relegado al mundo privado, mientras que los hombres son la fortaleza que ocupa el mundo público. A pesar de los discursos de reivindicación femenina de la época actual, esta característica de dominación desde el género masculino, en detrimento del género femenino, se sostiene, aunque de modo velado, desde las prácticas, incluso las más ingenuas. Un ejemplo claro de las estrategias de dominación que se ponen en juego en la cotidianeidad, lo pone de manifiesto Connel al comentar que “la intimidación hacia las mujeres se produce desde el silbido de admiración por la calle, al acoso en la oficina, a la violación y al ataque doméstico. […] En general sienten que están completamente justificados, que están ejerciendo un derecho. Se sienten autorizados por una ideología de supremacía”. Es así cómo la supremacía masculina tiende a la intimidación, desde las formas veladas hasta las más concretas, en su necesidad por legitimar dicha supremacía, de sostener la dominación desde las prácticas… prácticas de las que no tienen conciencia, ya que están naturalizadas, cristalizadas, forman parte de lo que es el ser hombre.

Sin embargo, la dominación no sólo existe hacia el género femenino, sino en el seno de las múltiples masculinidades existentes. El hombre hegemónico (blanco, heterosexual, occidental, laboralmente activo, etc) ocupa la escala más alta en la pirámide de masculinidades. Es así como el resto de las masculinidades que no encajan en el estatuto del hombre genérico, de aquel hombre cuya masculinidad es la legítima, pues todo varón debiera ser como él, tienen con este diferentes tipos de relaciones. Estas pueden ser de subordinación, en tanto el hombre hegemónico ejerce la dominación sobre otro tipo de masculinidades, como la homosexual, con la estigmatización concomitante de sus miembros, en tanto que discriminación en todo tipo de actividades sociales, llegando hasta las más viles puniciones por la orientación sexual de los pertenecientes, instituyéndose así como la masculinidad subordinada más evidente, según Connel; de complicidad, en tanto que existen formas alternativas de masculinidad hegemónica, que no respetan al ciento por ciento el conjunto de las características del varón hegemónico, pero sin embargo gozan del dividendo patriarcal por pertenecer a dicho colectivo, homogeneizándose con este; y de marginación, las cuales usualmente se dan a partir de ciertas características raciales. Estas masculinidades marginadas, sirven a su vez para sostener la identidad de la raza de la masculinidad hegemónica, en tanto esta se constituye por oposición al resto, siendo autorizada a su vez por ellos para ejercer la dominación. Al respecto, Simone de Beauvoir comenta que “La alteridad es una categoría fundamental del pensamiento humano. Ninguna colectividad se define jamás como Una sin colocar inmediatamente enfrente a la Otra. Nuevamente nos encontramos con este dualismo, con esta dicotomía de la lógica de lo uno, que pasa a ser lo único, mientras que el resto se constituye por no-ser-aquello que domina, sosteniendo así la identidad y la supremacía de lo uno. 


M.L.